El Club de bàsquet Llíria será homenajeado la tarde del sábado con la Medalla de la Ciudad de la Fira i Festas de Sant Miguel 2017. Un homenaje por la trayectoria de este club, uno de los más antiguos de España, y que el año pasado celebró el 25º aniversario de su paso por la ACB. Nuestro colaborador deportivo, Noel Rodilla, rinde homenaje en su artículo a este mítico club del mundo del basket.
Enhorabuena a todos lo que han hecho posible esta Medalla de la Ciudad.
Noel Rodilla: Cuando Llíria tocó el cielo.
Las 22 medallas olímpicas de Michael Phelps, los cinco Tours de Francia de Miguel Induráin o el “diez” de Nadia Comaneci en las barras asimétricas en 1976 serán recordadas para siempre como algunas de las hazañas deportivas mas grandes de todos los tiempos. Mientras tanto, en el interior de Valencia, Llíria, una pequeña localidad de 15.000 habitantes, conocida como la Ciudad de la Música, lograría hacerse un hueco entre los mas grandes del baloncesto nacional. Para los edetanos, una gesta al nivel de los más grandes hitos del deporte.
Desde 1944, la música dejó de ser el único foco de atención en la capital del Camp de Turia. Las prestigiosas y centenarias bandas de música, compartirían escenario con la otra pasión que la ciudad de Llíria ha vivido con intensidad durante la mayor parte del siglo XX. Las tardes de los sábados en La Cultural, primera cancha del conjunto edetano, era el centro de todas las reuniones e incluso agregaba adeptos de localidades vecinas.
Desde sus inicios la OJE, Organización Juvenil Española, regida por el gobierno de Franco, promovía la participación de este deporte que poco a poco iba reclutando seguidores. A pesar de la influencia política, los jóvenes solo querían disfrutar del deporte como señala Jaime Torres, jugador de aquel equipo, “nosotros íbamos a jugar por placer y afición. Si el equipo se hubiera llamado básket Comunistas, también hubiéramos ido. La política nos daba igual”. Con el aperturismo de la época franquista, el baloncesto en Llíria tomaba autonomía y se constituía, un club independiente de la política. A partir de aquí nacería en 1968, el Club Baloncesto Líria. Con la construcción de un proyecto propio, la directiva adoptó el amarillo y negro, colores característicos y similares de la Salle de Josepets, colegio catalán pionero en el mundo del baloncesto nacional.
En la década de los 70 y los inicios de los 80, el decano del baloncesto valenciano, navegó entre la cuarta y la tercera división nacional. A pesar de ello, el nombre de Llíria viajaba por toda España. En 1971, el conjunto edetano se desplazó a Soria para disputar el campeonato Nacional con Isma Cantó. Sin ningún temor, el equipo se plantó en la final para jugar frente al Real Madrid. El conjunto de la capital de España ganó a los levantinos por dos puntos, pero su entrega y decisión en la cancha, sorprendió a todos los asistentes.
La buena participación de la selección española de baloncesto en las olimpiadas de Los Ángeles en 1984, hizo despertar las pasiones aún más en la localidad y así, llegaría la época dorada del Club Basket Llíria. La construcción de un nuevo pabellón y las buenas sensaciones mostradas durante el último lustro de los años 80 en Primera División B, hizo que el Llíria se presentara como un candidato a ascender a la Liga ACB, máxima categoría del baloncesto español.
El glorioso ascenso
El 25 de mayo de 1992, Llíria cumplió el sueño de codearse con los grandes. En un apasionante playoff ante el Prohaci Mallorca y con un pabellón Pla de L’Arc superando en mucho su aforo, David se convirtió en Goliat y rompiendo con todos los pronósticos y antecedentes en la Liga. El arquitecto de ese sueño al frente del banquillo edetano era Andreu Casadevall, “por presupuesto era impensable poder alcanzar esta gesta. Fue un triunfo del trabajo y de la fe de doce jugadores que creyeron que si entrenaban más que el resto podrían conseguirlo. La demostración de que si se quiere se puede, esa frase que ahora ha hecho tan célebre Simeone en su Atlético”.
La odisea en ACB
La travesía en la tierra de los grandes no fue un paseo de rosas. Nadie le quitará lo vivido en esos dos años en la élite a la gente de Llíria, pero hubo que sufrirlo y mucho. Empezando por las obligaciones de la ACB que imponían la construcción de un pabellón de 5.000 espectadores. Su remodelación provocó que el equipo tuviera que jugar gran parte de la primera temporada en la casa del “enemigo”, el Pabellón de la Fuente de San Luis, donde jugaba sus partidos el Pamesa Valencia. Andreu Casadevall, “ Los primeros meses de ACB fueron en el “exilio”, entrenábamos en diferentes localidades vecinas como Benaguasil o Ribarroja de Turia. Era increíble que un equipo que jugara en esta categoría estuviera en esta situación”.
La segunda temporada fue caótica. En el ámbito deportivo el equipo encadenó dieciséis derrotas consecutivas y las relaciones externas con el patrocinador oficial empeoraron notablemente. El final de la temporada deparó en un igualado play-off de permanencia frente al Cáceres. Después de cuatro partidos y dos victorias para cada uno, el Pla de L’arc tenía la última oportunidad de mantenerse otro año más en ACB. En un encuentro con superioridad local en la primera mitad, el equipo desdibujó su juego en el segundo tiempo y cayó por seis puntos. Y finalmente el Club Basket Llíria perdió la categoría.
Vuelta a la realidad
A la ciudad le costó digerir el mal trago del descenso y los problemas económicos que derivaron de la experiencia en la élite, sentenciaron al club a comenzar desde abajo el camino para volver a construir los cimientos de una aventura que, a pesar del palo, seguía conservando el mejor de los activos, su afición.
Después de tocar fondo en la categoría mas baja de la competición, el equipo ha vuelto a resurgir y en la actualidad, milita en Liga EBA, peleando con la ilusión de seguir escalando sueños sabiendo que los sueños se cumplen, tal y como comprobaron cuando Llíria tocó el cielo.




















